De vuelta al jardín, al lugar de origen
Dios el Señor plantó un jardín al oriente del Edén.
IEn el principio
Nuestra colección Edén nace del anhelo de volver al deleite y el placer de la comunión con Dios. Cuando comprendemos que el jardín fue Su diseño original, entendemos cuál fue y es la intención de Dios con Su creación.
En el principio, el hombre no corría; caminaba con Dios. Adán y Eva disfrutaban de una relación con Dios sin ningún tipo de limitación. Génesis describe cómo la voz de Dios se paseaba por el huerto.
Todo les había sido entregado: autoridad sobre la creación, intimidad, comunión. Vivían contemplando y conociendo el esplendor de Dios. El Jardín era más que un lugar; era la belleza de Su corazón expresada en la creación y el aliento de Su boca hecho tangible.
IIAbierto nuevamente por amor
Hasta que el pecado susurró, y lo que era comunión se volvió distancia. El disfrute se volvió esfuerzo. La tierra, antes generosa, ahora exigía sudor. El alma, antes libre, comenzó a esconderse. Y el eco de la vergüenza reemplazó la voz de Dios. Ya no bastaba simplemente existir; ahora había que cubrirse, justificarse, huir.
El jardín no desapareció; pero el acceso sí.
Pero lo que el pecado cerró fue abierto nuevamente por amor. Jesús vino a rasgar el velo, a romper la distancia, a restaurar el camino y a devolvernos el acceso. El Jardín dejó de ser memoria y volvió a ser invitación. Ya no desde la “perfección” humana, sino desde la gracia de Dios.
Hay un llamado a regresar al Jardín, al lugar de origen. Edén significa deleite, placer, disfrute, y esa nunca dejó de ser la intención de Dios. Fuimos creados no solo para existir, sino para disfrutar de Su presencia.
En medio de un mundo que corre, exige y distrae, este llamado se vuelve urgente: volver al Jardín. No para escapar de la realidad, sino para reencontrar lo esencial. Un lugar donde no gobiernan demandas ni distracciones, sino la presencia. Donde el alma descansa y vuelve a recordar quién es.